"Diario de la guerra del cerdo", de Adolfo Bioy Casares



Una guerra siempre es una guerra, y toda novela sobre la guerra es un tratado sobre el despliegue de la crueldad y la estupidez humanas durante un puñado de días y de vidas, en esta ocasión, durante un paseo y una huida por la ciudad de Buenos Aires. Después vienen los historiadores y proponen sentidos y justificaciones, pasando el rastrillo de lo plausible entre los escombros. En cambio, cuando se vive en primera persona solo cabe un diario.
Toda novela sobre la guerra, y esta no es una excepción, nos cuenta que la violencia, una vez desatada, se resiste con obstinada terquedad a estancarse, queriéndose un poco más grande y un poco más lejos cada vez, como en trance eterno y suspendido de superarse, incompleta y satisfecha de sí, hasta que por fin se detiene. Y se acaba como vino, silenciosa y absurda. Para que un rastro de dolor cada vez más lejano persista levemente en la rutina.
Que la violencia es algo que crece sin detenerse hasta fundir su objeto es algo bien sabido, lo que varía al narrarse son sus víctimas, la concreción de ese lugar indefinido y confuso de las almas que padecen. Ahora les toca el turno a los viejos.  
El profundo resentimiento contra la caducidad encarnada en cuerpos cansados y torpes, quejumbrosos en achaques, y  su supuesta inutilidad, es el protagonista subterráneo de esta historia, el fragor cruel de la soberbia impulsividad irracional de los jóvenes.   La hybris  palpita en cada primavera del corazón, que viviendo con intensidad primera una especie de presente eterno siempre carece de conciencia de su propio acabamiento, de su final siempre repetido a través del envejecimiento constante.  Tal vez no sea otra cosa sino eso, que los jóvenes matan a los viejos para exorcizar la muerte, para alejarla de sí, como si quisieran arrancarse a golpes la sombra del cuerpo bajo la luminosidad incesante del sol de la vida. En nuestra juventud odiamos  a los viejos tanto como nos odiamos a nosotros mismos, forma parte del motor contradictorio del psiquismo.
Y así se van mezclando asesinato y suicidio, trazando una equivalencia terrible entre los ángulos del mismo espejo. La juventud y la vejez conviven en un mismo cuerpo, polarizadas, tensando el hilo del tiempo. Asesinato y suicidio vertebran la geografía del odio, como márgenes del mismo río. La vida, en este caso la de Vidal, siempre es un punto intermedio entre la infancia y la senectud.
Por lo demás,  siguiendo con eso de la guerra y el periplo natural de la violencia, el procedimiento siempre es el mismo. Deshumanización, porque toda guerra es la Guerra del Cerdo, la guerra al cerdo, humillación, vejación, secuestro, encierro, martirio y muerte, por los siglos de los siglos, sin que falten verdugos, delación y traidores. Un paréntesis absurdo y cruel de miedo y sangre en un tiempo en el que no pasa nada sino él, después se sigue envejeciendo como envejecen las plantas, plácidamente, porque vivir es jugar y a veces se sufre.
Vivir, aquí también,  es un ejercicio sobre la memoria. Ejercicio que ya encontramos en otras obras de Casares, por ejemplo, en eso que Morel inventa. Hay, por tanto, un pensamiento sobre cómo se recuerdan las vidas y sus cosas sidas, una especie de psicología del tiempo, una cronología, un discurso acerca del devenir que concluye que lo eterno es concluir, la eternidad es la perfección de la nada, la mejor de las vidas es la que se vive distraídamente, sobre el tapete de fieltro, manoseando fichas y cartas, para no pensar y hacer como si nada, porque la vida, a veces,  es como un carro de heno. Y así, lo más importante en la vida es recordar los momentos buenos que la hicieron. Por ejemplo, la noche de Vidal con Nélida, porque el amor es una especie de hambre de otro que no cesa, que se sabe siempre insatisfecha, que sobrevive gracias a las fuerzas que le roba al tiempo. El tiempo es el gran enemigo del amor, de la vida y la memoria. El amor es una noche de sueño en Buenos Aires. El amor es el capítulo 29 de la novela. El tiempo es siempre una guerra al amor y a la vida, y una guerra, decía, siempre es una guerra.