"La taberna errante", de G. K. Chesterton.

Conviene, a la hora de leer a Chesterton, tener en mente ciertas categorías conceptuales que remiten a un platonismo o a una Ilustración básica y tradicional. El bien es racional, o al menos razonable, y el mal un fruto que surge desde las entrañas mismas de la estupidez. Porque no encontramos seres malos en la obra, simplemente son imbéciles o están rematadamente locos, seres que pretenden que los demás malvivan su existencia de manera que no les corresponde o que no han decidido, porque así lo quieren ellos. Un tipo que habla solo y no se separa de un paraguas y que llega a la conclusión de que todo el mundo debería hablarle al océano y a la arena del mar sin más compañía que un quitasol esmeralda, está loco hasta el momento en que tiene la capacidad de imponer sus delirios, momento en el que acontece la metamorfosis de la locura a la maldad.
Ocurre, sin embargo, que aquellos que logran convertir la privacidad de su locura en la determinación pública del mal, lo consiguen a fuerza de medrar en congresos, senados y parlamentos. La aristocracia política, siempre alejadamente millonaria del mundo de los hombres, contempla la realidad a través de las ventanas de sus mansiones con cristaleras irisadas y fantásticas, y con tal de conservar su corrección y mostrar deferencia a aquellos que benefician su egoísmo, es capaz de sacrificar lo más esencial y aquello a lo que se debería guardar el mayor de los respetos. La sensata libertad del resto.

La Taberna errante es, pues, una novela que trata de la insania de aquellos que piensan que el mundo está mal hecho y a ellos les corresponde rehacerlo a su antojo. Aunque el destino de todo superhombre, en la medida en que solo los superhombres lo tienen, al menos en Chesterton, es acabar sus días de la misma manera que acabó los suyos Nietzsche, es decir, gozando de la felicidad de las plantas.

Y es un fastidio que la hiedra de la demencia afecte al núcleo más íntimo del corazón de los hombres. La religión, el arte e incluso el vegetarianismo no son herramientas que se apliquen con el fin de domeñar a los seres humanos y mermar su libertad, sino todo lo contrario, lo divino o lo sagrado que hay en los hombres, la belleza y la empatía con el resto de los seres vivos deben realizar su esencia más pura y no al contrario, porque si hay algo divino y bello eso es la razón y la determinación de la acción por la misma, es decir, que el criterio de la acción se establezca desde la libertad y la mayoría de edad. Y esto no es más Chesterton que el Platón o el Kant tradicionalmente básicos a los que nos referíamos al principio, una defensa de la intimidad que sólo puede realizarse desde el ámbito público.
Ahora bien, si la esfera pública desaparece arrastrada por la insensatez, a lo íntimo y racional no le queda más remedio que la insurrección y sacar sus estandartes y sus armas, los bastones, los cuchillos de cocina, las hoces y los martillos, a las calles.
El mástil con el letrero del Viejo Navío es un símbolo dinámico de la resistencia del buen sentido ante la majadería fanática convertida en algo tan rígido como una ley, porque a la sensatez no le queda más remedio que viajar de un lado a otro movida por los envites de la imbecilidad que a cada instante florece y se establece. A algo tan sólido como la razón no le cabe más que apostar por una realización nómada, frente a algo tan mudable como la sandez, que se implanta en lo empírico con la solidez mineral de las rocas.

Y la cotidianidad libre se expresa en ripios, rimas y canciones antes de filar el metal y asaltar la obscenidad palaciega de los poderosos. Porque si algo pasa en la novela es que aquellos que defienden la medida, el orden y la justicia, cantan.
Cantar en Chesterton es medir, y medir es decir y vivir con justicia en una situación de desamparo. Algo con lo que, en principio, ese Platón escolar, el que al final de la República sostiene que si queremos una polis justa en ésta no debe haber cabida para los poetas, no estaría tan de acuerdo.

“Men that are men again; who goes home?
Tocsin and trumpeter! Who goes home?
For there´s blood on the field and blood on the foam,
And blood on the body when man goes home.
And a voice valedictory – Who is for victory?
Who is for Liberty? Who goes home?”

Una única expresión es más radicalmente humana que brindar, reír y cantar en las tabernas, sacrificar la propia vida defendiendo la libertad.