“Alguien voló sobre el nido del cuco”, de Ken Kesey.

Se pertenece a la tradición filosófica moderna siempre y cuando se persevere en el empleo de sus metáforas. La dolencia esquizofrénica es la dolencia psiquiátrica moderna por excelencia, el fenómeno de frontera óptimo desde el cual analizarla. Sólo los autómatas son capaces de saberse parte de la Gran Máquina, del “tinglado”, un engranaje más, un fusible, un tubo de neón, ahora bien, defectuoso. Las pequeñas máquinas chirriantes y estropeadas son capaces de oír el zumbido de las cadenas y las ruedas dentadas del Artificio, tornan inteligible el sentido de su obstinada regulación de los flujos de fuerza y energía, su empeño en absorber cada molécula diferente. ¿No es la locura la expresión más refinada y peligrosa de la diferencia? ¿No es el psiquiátrico la gran refinería donde se segrega y depura?

El jefe Bromden pasa de ser la sombra mecánica semioculta de la escoba a un hombre libre, pero para poder llegar a ser hombre se debe perder el poder de auscultar los ruidos producidos por las vísceras metálicas del Aparato, se debe romper el silencio y la sordera para ganar la voz y la risa. He ahí la historia.

Si algo diferencia es la risa.

La novela trata de esa gran transformación, de cómo una escoba deviene hombre, de cómo una pequeña rueda dentada sale de sus quicios para rodar hacia el horizonte por la línea de sombra, más allá del manicomio.

Lo que hace que las pequeñas piezas se desacompasen es el óxido venido del afuera, es la astucia de la diferencia dispuesta a incubarse en las sólidas entrañas del mecanismo: Evitar la cárcel pasando a la institución mental. Ésa es la apuesta de la dinamita, la estrategia de Randle Patrick McMurphy, luchar contra la Gran Máquina. La única manera de medir las propias fuerzas, la gran tirada de dados, auténtica ontopraxeología. Una batalla siempre perdida.
Toda máquina de guerra será, al cabo del tiempo, apropiada por el Aparato de Estado, toda diferencia aniquilada, y, por ese mismo motivo, sustituida por nuevas individualidades dispuestas a rebelarse. Una batalla siempre perdida y siempre repetida, siempre la misma y siempre diferente.
A través de la niebla esquizoide el combate se expresa en términos dinámicos, devenir-conejo contra devenir-lobo. Enfermos que corretean por la madriguera de su subjetividad bajo la superficie objetivamente controlada por los enfermeros-mono, por la Gran Enfermera Ratched, por el gran lobo mecánico y sus píldoras, sus descargar eléctricas. Sus lobotomías. Al triturar el lóbulo frontal se desarticula el rizoma, decodificar la tierra removiéndola imposibilita los túneles, todo se vuelve lo mismo, un puré homogéneo, un tornillo bien sujeto, un saco idiota de músculos y tendones, de arterias y nervios desvencijados, una mirada acuosa y gris, perdida.
Dejar de ser hombre, detener el devenir, detener el miedo. El miedo es la libertad, los sueños, aquello que mueve a la revuelta.

El libro trata de esa apuesta que sólo se gana perdiéndola, de esa victoria que no es sino una derrota perpetua. El triunfo de la Gran Máquina, el éxito siempre aplazado del primero de los hombres, de la palabra, el canto y la risa.

La alegría del ser humano es el chirrido y la obturación en el corazón del artefacto.

Porque sólo los seres humanos cantan y ríen, y mueren.