"La roja insignia del valor", de Stephen Crane.

La novela retrata el tránsito circular entre dos idealizaciones, la guerra, como un horizonte heroico donde las ocasiones para las hazañas gloriosas proliferan, y la granja, cuya tranquilidad rutinaria e ininterrumpida por acontecimiento alguno permite la realización civil de la persona.

Desde el campo de cultivo al campo de batalla, y viceversa.

El niño sueña con el hombre homérico que lleva dentro, capaz de dar derrota a todos los enemigos por sí mismo, y se imagina lejos de ese mundo que conoce y le parece tan aburrido. El hombre sueña con volver a ser aquel muchacho, al lado de los suyos, con otras fantasías que no le muevan ya a volver a abandonarlos, a sentir y valorar lo que le hace ser quien es realmente, algo que poco tiene que ver con el crimen. Porque en el fondo no se nos cuenta otra cosa, que los niños se hacen hombres, sirviendo, eso sí, a una bandera. Y que cuando ésta se ha ennegrecido con los aires de la muerte y la devastación, es hora de volver, portando con orgullo, si no en el pecho, en la conciencia, como es el caso, la roja insignia del valor. La herida que separa a aquellos que no fueron, de los que vuelven.
Con una salvedad, a los que regresan sin heridas en cuerpo o alma del frente sólo les quedará el pesado blasón de la vergüenza, la voz del pasado gritando que no cumplieron con lo debido. ¿Y no es la vergüenza la herida del cobarde?
Tal vez, dentro de esta fenomenología de la experiencia bélica subjetiva, la parte más interesante sea la que se refiere a la cobardía y sus males, al regreso a filas del desertor, obligado por el laberinto del frente. Porque no todo queda en huir cuando estás tan lejos de casa y tan cerca de las mandíbulas del enemigo, porque es más probable reencontrarte con tu abandonado regimiento que con tu hogar abandonado. Y si el miedo obliga cobardía, ésta, a su vez, empuja a la mentira. Mentir a los que matan a tu lado.
Pero en realidad, como decía, la historia cataloga acciones y tipos antropológicos, ya sea a partir de su protagonista, ya valiéndose del catálogo configurado a partir de la tropa, los suboficiales, los oficiales y el alto mando. De la cobardía a la temeridad, quedándose en el término medio del valor, porque la temeridad es lo que se nos cuenta en el medio de la historia.
El chico es un cobarde, que se vuelve temerario y que volverá a casa como el valiente patriota abanderado, cargado con el desengaño de los hombres.

Pero no hace falta participar en una guerra para darse cuenta de que es un negocio repugnante, no hace falta matar para saber que un criminal es un ser abominable, no hace falta sentir como tu cuerpo cruje y revienta para saber que las armas siembran de injusticia nuestros mundos, no hace falta, en fin, morir por una bandera para tomar conciencia de esa gran quimera que llamamos patria.

A algunos nos basta con leer.