"Galápagos", de Kurt Vonnegut.

En este caso Dios existe, al menos de manera implícita, y debe estar al otro lado del túnel que conduce al más allá, ese sumidero por el que se escurren poco a poco los personajes que tienen un asterisco al lado de sus nombres, haciéndoles eternamente compañía. Además sabemos de su existencia gracias al alma en pena que nos va narrando la historia, como casi siempre, desde el final. Los seres humanos, dentro de un millón de años, habremos evolucionado hasta convertirnos en criaturas submarinas que se alimentan de algas y que, a su vez, sirven de pasto a tiburones y ballenas asesinas, que son las herramientas con las que la selección natural, la auténtica protagonista de la novela, mantiene a raya el volumen interior de nuestros cráneos, ahorrándonos los gravísimos problemas que acarrea tener el cerebro grande y pesado. Adiós, patología mental, adiós intento de suicidio, adiós depresión, mi principal preocupación es aparearme y comer todas las algas que pueda, ah, y adiós manos, de ellas sólo quedan unas pequeñas protuberancias en los extremos de las aletas. Gracias a la deriva evolutiva prescindiremos de todo lo anterior y, además, de un montón de patologías congénitas, en la medida en que los últimos especímenes humanos, tales como hoy los conocemos, que se reprodujeron hace un millón de años con éxito, están tan limpios de cualquier rastro de enfermedad como un brote de lechuga que acaba de ver la luz del sol. Los tatarabuelos de la humanidad son un alemán afincado en Ecuador y un puñado de niñas kanka-bonas, así como una japonesa cubierta enteramente de pelo, pelambrera que nos viene muy bien, en términos adaptativos, para soportar las bajas temperaturas oceánicas.
Como decía, la historia nos la narra un fantasma, hijo de Kilgore Trotsky Trout, el denostado autor de novelas de ciencia ficción que encontramos en otras novelas de Vonnegut, cuya curiosidad le obliga a permanecer vagando, en el barco en el que murió decapitado, un millón de años. Y nos habla de la soledad que experimentan algunos seres humanos cuando todo cuanto les empujaba a vivir se ha esfumado volando hacia el otro lado del túnel que conduce al más allá, o de la codicia y el egoísmo propiciado por un pasado cuajado de sinsabores y desdichas que mueve a pescar almas con las que nutrir cuentas bancarias, o de los misteriosos mecanismos psicológicos que nos llevan a generar una imagen completamente irreal, o demasiado exacta, de sujetos que aún no conocemos ni conoceremos. Eso y, como siempre, el alegato antimilitarista vonnegutiano concretado, esta vez y de soslayo, en la guerra de Vietnam, y además, pesimismo antropológico:

“¿Es preciso que te diga que esos mismos maravillosos animales de los que aparentemente quieres saber más y más, están en este momento tan orgullosos como Punch por tener armas preparadas para dispararse en cualquier momento, con la garantía de matarlo todo?
¿Es preciso que te diga que este planeta otrora hermoso y nutritivo cuando se lo miraba desde el aire parece ahora los órganos enfermos del pobre Roy Hepburn expuesto a la autopsia, y que los cánceres visibles que crecen por el gusto de crecer, y que lo consumen y lo envenenan todo, son las ciudades de tu amada humanidad?
¿Es preciso que te diga que estos animales han hecho tantas chapucerías que ya no pueden imaginar una vida decente ni siquiera para sus propios nietos, y que considerarían un milagro que quedara algo que comer o disfrutar en el año dos mil, para el que ahora sólo faltan catorce años?
Como los pasajeros de ese maldito barco, hijo mío, son conducidos por capitanes que no tienen ni cartas ni brújulas, y que minuto a minuto no se ocupan del problema más sustancial que proteger su amor propio.”

El ser humano es egoísta y perverso, y Kilgore Trout parece haber leído a Platón, alguien que si de algo sabía, era de náutica y capitanes sin cartas ni mapas. Capitanes sin cartas ni mapas que conducen al reducto humano a una isla perdida del archipiélago de las Galápagos, donde los pinzones vampiro sorben a pequeños tragos la sangre que mana de sus magulladuras.

Al fin y al cabo, el ser humano es algo que ni la colosal mandarax, ahora perdida en un lecho de arena a doce metros de profundidad, entiende.