"Las sirenas de Titán" de Kurt Vonnegut.



Si algo puede resumir el mensaje de la novela es “todo es para bien”, porque por horribles que vengan las cosas dadas, habrá que vivirlas como si a alguna mente trascendente le cayéramos bien.

En tres niveles de trascendencia se pone en juego esta mente que, se supone, todo ordena. Por un lado, un Dios radicalmente indiferente a los avatares de sus criaturas, que da lugar a la más inofensivas y benignas de las religiones, aquella que no exige a sus fieles que hagan o dejen de hacer nada, en la medida en que es como si no existiera. Por otro lado, una civilización instalada en un planeta más allá de los límites de nuestra galaxia llamado Tralfalmador, que ha enviado un mensajero para legarnos su saludo. Y además, un multimillonario aventurero que por casualidad se ha convertido, junto a su perro, en una longitud de onda, en una vibración tendida entre el Sol y algún lugar en el planeta Tierra. La maravillosa conversión se ha producido al ser infundibulado cronosinclásticamente, y le ha otorgado una serie de propiedades tales como materializarse a tenor de un calendario fisicomatemáticamente trazado en emplazamientos repartidos por todo el universo y la capacidad de conocer el pasado y el futuro de manera casi radical.
Su nombre es Winston Niles Rumfoord y es lo más parecido a Dios, en la medida en que el Absolutamente Indiferente carece de existencia propiamente dicha, que encontramos en la obra.
De hecho, ésta puede interpretarse como una alegoría de la religión cristiana. Tenemos al millonario antes mencionado, dotado de la omnisciencia, la omnipotencia consecuente que le permite dirigir las vidas de los seres humanos, así como su omnipresencia repartida por todo el sistema solar. Aparece también Beatrice Rumfoord, esposa del último, que a pesar del matrimonio, o por esto mismo, permanece virgen, es decir, hace de la esposa virgen de Dios de la última de las grandes religiones, la Iglesia del Dios Absolutamente Indiferente. Y tenemos al protagonista principal, Malachi Constant, que en Marte se vuelve Unk, que en Mercurio prácticamente deja de ser, que a su regreso a la Tierra es el Vagabundo del Espacio, que en Titán, Saturno, vuelve a ser Malachi Constant con la salvedad de haber dejado de serlo por completo y, por lo tanto, sólo lo es nominalmente. Toda un toma de posición acerca de la variabilidad de la identidad personal, que toma como ejemplo la vida de un millonario lascivo transformado múltiples veces hasta convertirse en un ser humano bondadoso que lo único que anhela es volver a encontrase con su mejor amigo, al que una vez ejecutó. El caso es que durante el tiempo que es el Vagabundo del Espacio el resto de la humanidad le contempla como al Mesías que había de llegar, algo así como el Cristo de la última de las teologías. Así pues, un Dios, que es padre, al menos, de la historia humana, una virgen y un mesías. Y una afirmación velada con respecto a toda mitología, que sostiene que si hay un Dios, Malachi Constant, dependerá de otro Dios, el señor Rumfoord, que dependerá de otro Dios, los tralfalmadorianos, encarnados en Salo, que dependen de otro Dios, Crono, que a su vez depende del primer elemento de la lista, Malachi Constant. Petición de principio circular absurda que sustenta toda fe. Y como toda fe, pretende salvar a la humanidad de sí misma por medio de la vergüenza y el arrepentimiento respecto al masivo derramamiento de sangre que provoca. Guerra y religión unidas en la demencia de una voluntad divina trascendente y supuesta, como siempre.
Cabe mencionar en este punto una de las constantes vonnegutianas, el antimilitarismo. El ejército, en este caso marciano, se nos muestra como una institución esencialmente estúpida, compuesta por títeres despersonalizados dirigidos por la megalomanía inhumana, participando de un plan que desconocen y cuyo último fin será, en el mejor de los casos, la muerte.

Pero como decía al principio, todo es para bien. Todas las variantes del amor confluyen en un mismo punto espacio temporal, en un paraíso donde los amantes, los amigos, y los seres queridos aguardan el reencuentro para gozarlo eternamente, aunque esta visión venga al final de los días y, como subraya la tradición platónica y cristiana, sólo tras el Apocalipsis los bienaventurados poblarán el jardín de las delicias, amando a los seres humanos que tienen más cerca.

Si quieren saber más de esta religión del Dios Absolutamente Indiferente, o sobre infibulaciones cronosinclásticas, o qué fue de Boaz en las cuevas de Mercurio y sus harmoniums, qué son las sirenas de Titán, o cómo acabaron sus días los personajes mencionados y los que no han sido mentados pero que pueblan las páginas de esta novela, ya saben, léanla, merece la pena.