"Chump Change", de Dan Fante



A veces, no solo durante la lectura sino fuera de los cuentos, aunque el libro vaya de esto, pasan cosas por el estilo. A veces te topas con otro juego de apariencias, con un guiño que hace que de repente todo el planteamiento cambie, algo que demuestra que el concepto es algo voluble y plástico, que el prejuicio es el barro sobre el que modelan los poetas.  Porque en un principio parece como que todo va a acabar fatal. Porque la vida enseña, con la inflexible inexorabilidad de la categoría, que este tipo de aventuras siempre acaban mal.
Esta historia trata de la redención y la esperanza del que atraviesa un desierto infernal, de la oportunidad que debería darse cualquiera para que todo cambie y de que tras el tiempo de las pesadillas cabe la posibilidad de una luz brillante, distante y delicadamente probable de una vida nueva y buena, de una etapa mejor a partir de la cual poder contar la angustiosa travesía de las malas decisiones y las acciones peores. Esta historia trata de que es posible narrar desde el infierno, lo que la circunscribe a una tradición narrativa tan ancha como la historia de la literatura.
Detrás de la historia de depravación, de las anécdotas sexuales perversas, en general de carácter homosexual, detrás del alcohólico egoísta que es capaz de cualquier cosa para satisfacer los reclamos imperiosos de la adicción, del complejo de Edipo dolorosamente irresuelto que bloquea cualquier forma de cariño o amor hacia el prójimo, detrás de la carne podrida de esta fruta oscura se encuentra un núcleo duro de ternura.
No es, pues, si no un esfuerzo por hacer real la parte mejor en las peores condiciones y, por lo tanto, una historia que nos reconcilia con la existencia. Vale que los márgenes de la redención sean notablemente estrechos y conduzcan a una solución a lo Francisco de Asís, pero algo es algo, y el final feliz se desea porque en el fondo, en ese fondo del que ya hemos hablado, el protagonista no es mal tipo y se gana la compasión del lector, que es de lo que se trata.
Tal vez porque lo semejante ama y conoce a lo semejante, el camino que conduce a la salida del agujero de la miseria antropológica que le atraviesa el corazón cruza el lazo de amistad que se va estrechando, con la fragilidad de lo casual, con otra bestia enferma y decadente, un peligroso bull terrier que no conoce más adiestramiento que el del amo desaparecido y muerto. El hombre es un bull terrier al que la suerte ha abandonado, pero un perro al fin y al cabo y, por tanto, el mejor amigo que los dioses solitarios y huraños pueden tener.
Y así, con el regustito de las historias bonitas y la emoción en calma, se va acabando, perfeccionando, prometiéndonos que no volverá a beber y se dedicará a escribir, comprometido con la verdad y la belleza que esconden las cosas feas y reconciliado consigo mismo.Y además hay un paseo por Los Ángeles y un montón de retratos de personas y relaciones coloridos e interesantes.

Por cierto, puede tener su gracia comparar este volumen con Al oeste de Roma de John Fante, en el que se recoge Mi perro Idiota, un relato autobiográfico en el que aparecen escenarios, situaciones y personajes que son objeto narrativo de Chump Change. O sea, otra historia de perros y amores antropocaninos que salvan y mejoran almas, aunque los guiños que ajustan cuentas con el padre muerto, no solo respecto a este relato sino también al periplo tetralógico desde que parte a Los Ángeles hasta Bunker Hill, son constantes y  hay una  clara intención de que la exégesis se apoye precisamente en eso, en la posibilidad perspectivista de leer la obra de los Fante como si todo fuera el mismo relato polifónico. Muy listo y con talento.

"Diario de la guerra del cerdo", de Adolfo Bioy Casares



Una guerra siempre es una guerra, y toda novela sobre la guerra es un tratado sobre el despliegue de la crueldad y la estupidez humanas durante un puñado de días y de vidas, en esta ocasión, durante un paseo y una huida por la ciudad de Buenos Aires. Después vienen los historiadores y proponen sentidos y justificaciones, pasando el rastrillo de lo plausible entre los escombros. En cambio, cuando se vive en primera persona solo cabe un diario.
Toda novela sobre la guerra, y esta no es una excepción, nos cuenta que la violencia, una vez desatada, se resiste con obstinada terquedad a estancarse, queriéndose un poco más grande y un poco más lejos cada vez, como en trance eterno y suspendido de superarse, incompleta y satisfecha de sí, hasta que por fin se detiene. Y se acaba como vino, silenciosa y absurda. Para que un rastro de dolor cada vez más lejano persista levemente en la rutina.
Que la violencia es algo que crece sin detenerse hasta fundir su objeto es algo bien sabido, lo que varía al narrarse son sus víctimas, la concreción de ese lugar indefinido y confuso de las almas que padecen. Ahora les toca el turno a los viejos.  
El profundo resentimiento contra la caducidad encarnada en cuerpos cansados y torpes, quejumbrosos en achaques, y  su supuesta inutilidad, es el protagonista subterráneo de esta historia, el fragor cruel de la soberbia impulsividad irracional de los jóvenes.   La hybris  palpita en cada primavera del corazón, que viviendo con intensidad primera una especie de presente eterno siempre carece de conciencia de su propio acabamiento, de su final siempre repetido a través del envejecimiento constante.  Tal vez no sea otra cosa sino eso, que los jóvenes matan a los viejos para exorcizar la muerte, para alejarla de sí, como si quisieran arrancarse a golpes la sombra del cuerpo bajo la luminosidad incesante del sol de la vida. En nuestra juventud odiamos  a los viejos tanto como nos odiamos a nosotros mismos, forma parte del motor contradictorio del psiquismo.
Y así se van mezclando asesinato y suicidio, trazando una equivalencia terrible entre los ángulos del mismo espejo. La juventud y la vejez conviven en un mismo cuerpo, polarizadas, tensando el hilo del tiempo. Asesinato y suicidio vertebran la geografía del odio, como márgenes del mismo río. La vida, en este caso la de Vidal, siempre es un punto intermedio entre la infancia y la senectud.
Por lo demás,  siguiendo con eso de la guerra y el periplo natural de la violencia, el procedimiento siempre es el mismo. Deshumanización, porque toda guerra es la Guerra del Cerdo, la guerra al cerdo, humillación, vejación, secuestro, encierro, martirio y muerte, por los siglos de los siglos, sin que falten verdugos, delación y traidores. Un paréntesis absurdo y cruel de miedo y sangre en un tiempo en el que no pasa nada sino él, después se sigue envejeciendo como envejecen las plantas, plácidamente, porque vivir es jugar y a veces se sufre.
Vivir, aquí también,  es un ejercicio sobre la memoria. Ejercicio que ya encontramos en otras obras de Casares, por ejemplo, en eso que Morel inventa. Hay, por tanto, un pensamiento sobre cómo se recuerdan las vidas y sus cosas sidas, una especie de psicología del tiempo, una cronología, un discurso acerca del devenir que concluye que lo eterno es concluir, la eternidad es la perfección de la nada, la mejor de las vidas es la que se vive distraídamente, sobre el tapete de fieltro, manoseando fichas y cartas, para no pensar y hacer como si nada, porque la vida, a veces,  es como un carro de heno. Y así, lo más importante en la vida es recordar los momentos buenos que la hicieron. Por ejemplo, la noche de Vidal con Nélida, porque el amor es una especie de hambre de otro que no cesa, que se sabe siempre insatisfecha, que sobrevive gracias a las fuerzas que le roba al tiempo. El tiempo es el gran enemigo del amor, de la vida y la memoria. El amor es una noche de sueño en Buenos Aires. El amor es el capítulo 29 de la novela. El tiempo es siempre una guerra al amor y a la vida, y una guerra, decía, siempre es una guerra.

"La taberna errante", de G. K. Chesterton.

Conviene, a la hora de leer a Chesterton, tener en mente ciertas categorías conceptuales que remiten a un platonismo o a una Ilustración básica y tradicional. El bien es racional, o al menos razonable, y el mal un fruto que surge desde las entrañas mismas de la estupidez. Porque no encontramos seres malos en la obra, simplemente son imbéciles o están rematadamente locos, seres que pretenden que los demás malvivan su existencia de manera que no les corresponde o que no han decidido, porque así lo quieren ellos. Un tipo que habla solo y no se separa de un paraguas y que llega a la conclusión de que todo el mundo debería hablarle al océano y a la arena del mar sin más compañía que un quitasol esmeralda, está loco hasta el momento en que tiene la capacidad de imponer sus delirios, momento en el que acontece la metamorfosis de la locura a la maldad.
Ocurre, sin embargo, que aquellos que logran convertir la privacidad de su locura en la determinación pública del mal, lo consiguen a fuerza de medrar en congresos, senados y parlamentos. La aristocracia política, siempre alejadamente millonaria del mundo de los hombres, contempla la realidad a través de las ventanas de sus mansiones con cristaleras irisadas y fantásticas, y con tal de conservar su corrección y mostrar deferencia a aquellos que benefician su egoísmo, es capaz de sacrificar lo más esencial y aquello a lo que se debería guardar el mayor de los respetos. La sensata libertad del resto.

La Taberna errante es, pues, una novela que trata de la insania de aquellos que piensan que el mundo está mal hecho y a ellos les corresponde rehacerlo a su antojo. Aunque el destino de todo superhombre, en la medida en que solo los superhombres lo tienen, al menos en Chesterton, es acabar sus días de la misma manera que acabó los suyos Nietzsche, es decir, gozando de la felicidad de las plantas.

Y es un fastidio que la hiedra de la demencia afecte al núcleo más íntimo del corazón de los hombres. La religión, el arte e incluso el vegetarianismo no son herramientas que se apliquen con el fin de domeñar a los seres humanos y mermar su libertad, sino todo lo contrario, lo divino o lo sagrado que hay en los hombres, la belleza y la empatía con el resto de los seres vivos deben realizar su esencia más pura y no al contrario, porque si hay algo divino y bello eso es la razón y la determinación de la acción por la misma, es decir, que el criterio de la acción se establezca desde la libertad y la mayoría de edad. Y esto no es más Chesterton que el Platón o el Kant tradicionalmente básicos a los que nos referíamos al principio, una defensa de la intimidad que sólo puede realizarse desde el ámbito público.
Ahora bien, si la esfera pública desaparece arrastrada por la insensatez, a lo íntimo y racional no le queda más remedio que la insurrección y sacar sus estandartes y sus armas, los bastones, los cuchillos de cocina, las hoces y los martillos, a las calles.
El mástil con el letrero del Viejo Navío es un símbolo dinámico de la resistencia del buen sentido ante la majadería fanática convertida en algo tan rígido como una ley, porque a la sensatez no le queda más remedio que viajar de un lado a otro movida por los envites de la imbecilidad que a cada instante florece y se establece. A algo tan sólido como la razón no le cabe más que apostar por una realización nómada, frente a algo tan mudable como la sandez, que se implanta en lo empírico con la solidez mineral de las rocas.

Y la cotidianidad libre se expresa en ripios, rimas y canciones antes de filar el metal y asaltar la obscenidad palaciega de los poderosos. Porque si algo pasa en la novela es que aquellos que defienden la medida, el orden y la justicia, cantan.
Cantar en Chesterton es medir, y medir es decir y vivir con justicia en una situación de desamparo. Algo con lo que, en principio, ese Platón escolar, el que al final de la República sostiene que si queremos una polis justa en ésta no debe haber cabida para los poetas, no estaría tan de acuerdo.

“Men that are men again; who goes home?
Tocsin and trumpeter! Who goes home?
For there´s blood on the field and blood on the foam,
And blood on the body when man goes home.
And a voice valedictory – Who is for victory?
Who is for Liberty? Who goes home?”

Una única expresión es más radicalmente humana que brindar, reír y cantar en las tabernas, sacrificar la propia vida defendiendo la libertad.

“Alguien voló sobre el nido del cuco”, de Ken Kesey.

Se pertenece a la tradición filosófica moderna siempre y cuando se persevere en el empleo de sus metáforas. La dolencia esquizofrénica es la dolencia psiquiátrica moderna por excelencia, el fenómeno de frontera óptimo desde el cual analizarla. Sólo los autómatas son capaces de saberse parte de la Gran Máquina, del “tinglado”, un engranaje más, un fusible, un tubo de neón, ahora bien, defectuoso. Las pequeñas máquinas chirriantes y estropeadas son capaces de oír el zumbido de las cadenas y las ruedas dentadas del Artificio, tornan inteligible el sentido de su obstinada regulación de los flujos de fuerza y energía, su empeño en absorber cada molécula diferente. ¿No es la locura la expresión más refinada y peligrosa de la diferencia? ¿No es el psiquiátrico la gran refinería donde se segrega y depura?

El jefe Bromden pasa de ser la sombra mecánica semioculta de la escoba a un hombre libre, pero para poder llegar a ser hombre se debe perder el poder de auscultar los ruidos producidos por las vísceras metálicas del Aparato, se debe romper el silencio y la sordera para ganar la voz y la risa. He ahí la historia.

Si algo diferencia es la risa.

La novela trata de esa gran transformación, de cómo una escoba deviene hombre, de cómo una pequeña rueda dentada sale de sus quicios para rodar hacia el horizonte por la línea de sombra, más allá del manicomio.

Lo que hace que las pequeñas piezas se desacompasen es el óxido venido del afuera, es la astucia de la diferencia dispuesta a incubarse en las sólidas entrañas del mecanismo: Evitar la cárcel pasando a la institución mental. Ésa es la apuesta de la dinamita, la estrategia de Randle Patrick McMurphy, luchar contra la Gran Máquina. La única manera de medir las propias fuerzas, la gran tirada de dados, auténtica ontopraxeología. Una batalla siempre perdida.
Toda máquina de guerra será, al cabo del tiempo, apropiada por el Aparato de Estado, toda diferencia aniquilada, y, por ese mismo motivo, sustituida por nuevas individualidades dispuestas a rebelarse. Una batalla siempre perdida y siempre repetida, siempre la misma y siempre diferente.
A través de la niebla esquizoide el combate se expresa en términos dinámicos, devenir-conejo contra devenir-lobo. Enfermos que corretean por la madriguera de su subjetividad bajo la superficie objetivamente controlada por los enfermeros-mono, por la Gran Enfermera Ratched, por el gran lobo mecánico y sus píldoras, sus descargar eléctricas. Sus lobotomías. Al triturar el lóbulo frontal se desarticula el rizoma, decodificar la tierra removiéndola imposibilita los túneles, todo se vuelve lo mismo, un puré homogéneo, un tornillo bien sujeto, un saco idiota de músculos y tendones, de arterias y nervios desvencijados, una mirada acuosa y gris, perdida.
Dejar de ser hombre, detener el devenir, detener el miedo. El miedo es la libertad, los sueños, aquello que mueve a la revuelta.

El libro trata de esa apuesta que sólo se gana perdiéndola, de esa victoria que no es sino una derrota perpetua. El triunfo de la Gran Máquina, el éxito siempre aplazado del primero de los hombres, de la palabra, el canto y la risa.

La alegría del ser humano es el chirrido y la obturación en el corazón del artefacto.

Porque sólo los seres humanos cantan y ríen, y mueren.

"La roja insignia del valor", de Stephen Crane.

La novela retrata el tránsito circular entre dos idealizaciones, la guerra, como un horizonte heroico donde las ocasiones para las hazañas gloriosas proliferan, y la granja, cuya tranquilidad rutinaria e ininterrumpida por acontecimiento alguno permite la realización civil de la persona.

Desde el campo de cultivo al campo de batalla, y viceversa.

El niño sueña con el hombre homérico que lleva dentro, capaz de dar derrota a todos los enemigos por sí mismo, y se imagina lejos de ese mundo que conoce y le parece tan aburrido. El hombre sueña con volver a ser aquel muchacho, al lado de los suyos, con otras fantasías que no le muevan ya a volver a abandonarlos, a sentir y valorar lo que le hace ser quien es realmente, algo que poco tiene que ver con el crimen. Porque en el fondo no se nos cuenta otra cosa, que los niños se hacen hombres, sirviendo, eso sí, a una bandera. Y que cuando ésta se ha ennegrecido con los aires de la muerte y la devastación, es hora de volver, portando con orgullo, si no en el pecho, en la conciencia, como es el caso, la roja insignia del valor. La herida que separa a aquellos que no fueron, de los que vuelven.
Con una salvedad, a los que regresan sin heridas en cuerpo o alma del frente sólo les quedará el pesado blasón de la vergüenza, la voz del pasado gritando que no cumplieron con lo debido. ¿Y no es la vergüenza la herida del cobarde?
Tal vez, dentro de esta fenomenología de la experiencia bélica subjetiva, la parte más interesante sea la que se refiere a la cobardía y sus males, al regreso a filas del desertor, obligado por el laberinto del frente. Porque no todo queda en huir cuando estás tan lejos de casa y tan cerca de las mandíbulas del enemigo, porque es más probable reencontrarte con tu abandonado regimiento que con tu hogar abandonado. Y si el miedo obliga cobardía, ésta, a su vez, empuja a la mentira. Mentir a los que matan a tu lado.
Pero en realidad, como decía, la historia cataloga acciones y tipos antropológicos, ya sea a partir de su protagonista, ya valiéndose del catálogo configurado a partir de la tropa, los suboficiales, los oficiales y el alto mando. De la cobardía a la temeridad, quedándose en el término medio del valor, porque la temeridad es lo que se nos cuenta en el medio de la historia.
El chico es un cobarde, que se vuelve temerario y que volverá a casa como el valiente patriota abanderado, cargado con el desengaño de los hombres.

Pero no hace falta participar en una guerra para darse cuenta de que es un negocio repugnante, no hace falta matar para saber que un criminal es un ser abominable, no hace falta sentir como tu cuerpo cruje y revienta para saber que las armas siembran de injusticia nuestros mundos, no hace falta, en fin, morir por una bandera para tomar conciencia de esa gran quimera que llamamos patria.

A algunos nos basta con leer.

"Galápagos", de Kurt Vonnegut.

En este caso Dios existe, al menos de manera implícita, y debe estar al otro lado del túnel que conduce al más allá, ese sumidero por el que se escurren poco a poco los personajes que tienen un asterisco al lado de sus nombres, haciéndoles eternamente compañía. Además sabemos de su existencia gracias al alma en pena que nos va narrando la historia, como casi siempre, desde el final. Los seres humanos, dentro de un millón de años, habremos evolucionado hasta convertirnos en criaturas submarinas que se alimentan de algas y que, a su vez, sirven de pasto a tiburones y ballenas asesinas, que son las herramientas con las que la selección natural, la auténtica protagonista de la novela, mantiene a raya el volumen interior de nuestros cráneos, ahorrándonos los gravísimos problemas que acarrea tener el cerebro grande y pesado. Adiós, patología mental, adiós intento de suicidio, adiós depresión, mi principal preocupación es aparearme y comer todas las algas que pueda, ah, y adiós manos, de ellas sólo quedan unas pequeñas protuberancias en los extremos de las aletas. Gracias a la deriva evolutiva prescindiremos de todo lo anterior y, además, de un montón de patologías congénitas, en la medida en que los últimos especímenes humanos, tales como hoy los conocemos, que se reprodujeron hace un millón de años con éxito, están tan limpios de cualquier rastro de enfermedad como un brote de lechuga que acaba de ver la luz del sol. Los tatarabuelos de la humanidad son un alemán afincado en Ecuador y un puñado de niñas kanka-bonas, así como una japonesa cubierta enteramente de pelo, pelambrera que nos viene muy bien, en términos adaptativos, para soportar las bajas temperaturas oceánicas.
Como decía, la historia nos la narra un fantasma, hijo de Kilgore Trotsky Trout, el denostado autor de novelas de ciencia ficción que encontramos en otras novelas de Vonnegut, cuya curiosidad le obliga a permanecer vagando, en el barco en el que murió decapitado, un millón de años. Y nos habla de la soledad que experimentan algunos seres humanos cuando todo cuanto les empujaba a vivir se ha esfumado volando hacia el otro lado del túnel que conduce al más allá, o de la codicia y el egoísmo propiciado por un pasado cuajado de sinsabores y desdichas que mueve a pescar almas con las que nutrir cuentas bancarias, o de los misteriosos mecanismos psicológicos que nos llevan a generar una imagen completamente irreal, o demasiado exacta, de sujetos que aún no conocemos ni conoceremos. Eso y, como siempre, el alegato antimilitarista vonnegutiano concretado, esta vez y de soslayo, en la guerra de Vietnam, y además, pesimismo antropológico:

“¿Es preciso que te diga que esos mismos maravillosos animales de los que aparentemente quieres saber más y más, están en este momento tan orgullosos como Punch por tener armas preparadas para dispararse en cualquier momento, con la garantía de matarlo todo?
¿Es preciso que te diga que este planeta otrora hermoso y nutritivo cuando se lo miraba desde el aire parece ahora los órganos enfermos del pobre Roy Hepburn expuesto a la autopsia, y que los cánceres visibles que crecen por el gusto de crecer, y que lo consumen y lo envenenan todo, son las ciudades de tu amada humanidad?
¿Es preciso que te diga que estos animales han hecho tantas chapucerías que ya no pueden imaginar una vida decente ni siquiera para sus propios nietos, y que considerarían un milagro que quedara algo que comer o disfrutar en el año dos mil, para el que ahora sólo faltan catorce años?
Como los pasajeros de ese maldito barco, hijo mío, son conducidos por capitanes que no tienen ni cartas ni brújulas, y que minuto a minuto no se ocupan del problema más sustancial que proteger su amor propio.”

El ser humano es egoísta y perverso, y Kilgore Trout parece haber leído a Platón, alguien que si de algo sabía, era de náutica y capitanes sin cartas ni mapas. Capitanes sin cartas ni mapas que conducen al reducto humano a una isla perdida del archipiélago de las Galápagos, donde los pinzones vampiro sorben a pequeños tragos la sangre que mana de sus magulladuras.

Al fin y al cabo, el ser humano es algo que ni la colosal mandarax, ahora perdida en un lecho de arena a doce metros de profundidad, entiende.

"Las sirenas de Titán" de Kurt Vonnegut.



Si algo puede resumir el mensaje de la novela es “todo es para bien”, porque por horribles que vengan las cosas dadas, habrá que vivirlas como si a alguna mente trascendente le cayéramos bien.

En tres niveles de trascendencia se pone en juego esta mente que, se supone, todo ordena. Por un lado, un Dios radicalmente indiferente a los avatares de sus criaturas, que da lugar a la más inofensivas y benignas de las religiones, aquella que no exige a sus fieles que hagan o dejen de hacer nada, en la medida en que es como si no existiera. Por otro lado, una civilización instalada en un planeta más allá de los límites de nuestra galaxia llamado Tralfalmador, que ha enviado un mensajero para legarnos su saludo. Y además, un multimillonario aventurero que por casualidad se ha convertido, junto a su perro, en una longitud de onda, en una vibración tendida entre el Sol y algún lugar en el planeta Tierra. La maravillosa conversión se ha producido al ser infundibulado cronosinclásticamente, y le ha otorgado una serie de propiedades tales como materializarse a tenor de un calendario fisicomatemáticamente trazado en emplazamientos repartidos por todo el universo y la capacidad de conocer el pasado y el futuro de manera casi radical.
Su nombre es Winston Niles Rumfoord y es lo más parecido a Dios, en la medida en que el Absolutamente Indiferente carece de existencia propiamente dicha, que encontramos en la obra.
De hecho, ésta puede interpretarse como una alegoría de la religión cristiana. Tenemos al millonario antes mencionado, dotado de la omnisciencia, la omnipotencia consecuente que le permite dirigir las vidas de los seres humanos, así como su omnipresencia repartida por todo el sistema solar. Aparece también Beatrice Rumfoord, esposa del último, que a pesar del matrimonio, o por esto mismo, permanece virgen, es decir, hace de la esposa virgen de Dios de la última de las grandes religiones, la Iglesia del Dios Absolutamente Indiferente. Y tenemos al protagonista principal, Malachi Constant, que en Marte se vuelve Unk, que en Mercurio prácticamente deja de ser, que a su regreso a la Tierra es el Vagabundo del Espacio, que en Titán, Saturno, vuelve a ser Malachi Constant con la salvedad de haber dejado de serlo por completo y, por lo tanto, sólo lo es nominalmente. Toda un toma de posición acerca de la variabilidad de la identidad personal, que toma como ejemplo la vida de un millonario lascivo transformado múltiples veces hasta convertirse en un ser humano bondadoso que lo único que anhela es volver a encontrase con su mejor amigo, al que una vez ejecutó. El caso es que durante el tiempo que es el Vagabundo del Espacio el resto de la humanidad le contempla como al Mesías que había de llegar, algo así como el Cristo de la última de las teologías. Así pues, un Dios, que es padre, al menos, de la historia humana, una virgen y un mesías. Y una afirmación velada con respecto a toda mitología, que sostiene que si hay un Dios, Malachi Constant, dependerá de otro Dios, el señor Rumfoord, que dependerá de otro Dios, los tralfalmadorianos, encarnados en Salo, que dependen de otro Dios, Crono, que a su vez depende del primer elemento de la lista, Malachi Constant. Petición de principio circular absurda que sustenta toda fe. Y como toda fe, pretende salvar a la humanidad de sí misma por medio de la vergüenza y el arrepentimiento respecto al masivo derramamiento de sangre que provoca. Guerra y religión unidas en la demencia de una voluntad divina trascendente y supuesta, como siempre.
Cabe mencionar en este punto una de las constantes vonnegutianas, el antimilitarismo. El ejército, en este caso marciano, se nos muestra como una institución esencialmente estúpida, compuesta por títeres despersonalizados dirigidos por la megalomanía inhumana, participando de un plan que desconocen y cuyo último fin será, en el mejor de los casos, la muerte.

Pero como decía al principio, todo es para bien. Todas las variantes del amor confluyen en un mismo punto espacio temporal, en un paraíso donde los amantes, los amigos, y los seres queridos aguardan el reencuentro para gozarlo eternamente, aunque esta visión venga al final de los días y, como subraya la tradición platónica y cristiana, sólo tras el Apocalipsis los bienaventurados poblarán el jardín de las delicias, amando a los seres humanos que tienen más cerca.

Si quieren saber más de esta religión del Dios Absolutamente Indiferente, o sobre infibulaciones cronosinclásticas, o qué fue de Boaz en las cuevas de Mercurio y sus harmoniums, qué son las sirenas de Titán, o cómo acabaron sus días los personajes mencionados y los que no han sido mentados pero que pueblan las páginas de esta novela, ya saben, léanla, merece la pena.